Armando Suárez del Villar, premio nacional de tearo Cuba 2010

Armando Suárez del Villar está renovando al teatro constantemente. Con una lista  de importantes obras en su labor, que van desde los clásicos del siglo XIX hasta el teatro musical, recibió el Premio Nacional de Teatro del 2009  que nunca esperó recibir. Calificado como el más aristocrático de los teatristas cubanos por el jurado del Premio , confiesa que  desde pequeño inventaba juegos en las fiestas y empecé a  imaginar cosas muy alejadas de las ciencia.

La única que entendió mis ideas fue mi madre. El resto de la familia quería que estudiara Derecho o alguna carrera de las ciencias, no querían que me vinculara al mundo del arte. Incluso mis medios hermanos, que eran mayores que yo, se oponían, pues ellos sí eran científicos.

A pesar de todo, Suárez —como cariñosamente le llaman sus alumnos y ex-alumnos, compañeros de trabajo y amigos— hizo siempre lo que creyó mejor para su vida. Entonces apareció en escena el Ateneo de Cienfuegos, una sociedad cultural de su tierra natal que recuerda con mucho cariño.

Al Ateneo asistía un público muy especial.

Allí organicé un grupo de teatro, y ensayábamos en un espacio muy pequeño.

Con ese grupo de teatro hice la obra La Santa, de Eduardo Manet, que trataba sobre el falso espiritismo. Después busqué hacer obras del teatro vernáculo, y montamos dos publicadas por Samuel Feijóo en la colección de la Universidad Central de las Villas. Nos unimos a un profesor de piano para que montara las canciones y empecé a trabajar con un sexteto que daba funciones en el cabaret Jagua. Esa agrupación acompañó la primera  puesta de Los Bufos, muy exitosa.

Recuerdo que el teatro Terry estaba repleto— declara con los ojos soñadores de un niño de quince años— de arriba a abajo desde el gallinero y la tertulia, hasta el último lugar de los palcos. Los Bufos se hacía jueves,viernes sábado y domingo, y duró bastantes semanas en cartelera

Tras la puesta en escena, Armando Suárez del Villar fue llamado para integrarse a las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP),  porque en la zona de Camagüey necesitaban mano de obra para cortar caña y hacer otras labores.

Al terminar, se centra en obras clásicas del teatro cubano, y lleva a escena El Fantasmón de Aravaca, del dramaturgo Joaquín Lorenzo Luaces.

Me interesaba el teatro cubano porque existían obras que nunca se habían estrenado. Por ejemplo las de Luaces no habían subido a escena porque eran una burla a sus coterráneos, y el cubano siempre ha sido muy reacio a aceptar que otros lo ridiculicen.

A fines de los sesenta vine para La Habana, pues Raquel Revuelta me mandó a buscar.

Ella me dijo que Teatro Estudio era una línea experimental, que podía montar cualquier obra que deseara, por lo que hice El Becerrro de Oro, otra obra de Luaces.

Posteriormente llevamos a escena Baltasar, de Gertrudis Gómez de Avellaneda, que se debía estrenar en la inauguración del Teatro Nacional de Cuba

Después monté El Conde Alarcos con el propio Teatro Estudio; La Hija de las Flores, también de la Tula, y otras obras que más tarde se repusieron como parte de un ciclo de teatro clásico cubano tras inaugurarse el Teatro.

Después del ciclo de obras cubanas  estrenamos una versión de Las Impuras,  de Miguel Carrión, y luego empecé atrabajar con obras mucho más contemporáneas .

Reconocido como una de las figuras más importantes del Teatro Musical en la Isla, Armando Suárez del Villar se hizo de rogar para llegar al género

Trataron de conquistarme para que hiciera teatro musical y me decidí por Las Vacas Gordas, de Abelardo Estorino,  una obra dramática que convertí en comedia musical. De esta forma el público comenzó a disfrutar de un teatro nuevo, distinto,  y tras el éxito de la puesta me pidieron que hiciera ópera. Me negué; prefería hacer zarzuela. Así que monté Cecilia Valdés, de Gonzalo Roig, basado en la novela homónima de Cirilo Villaverde.

Después, muchas personas escribieron  obras musicales para que las dirigiera, pero ‘se quedaron en el tintero’ por falta de tiempo.

En el año ‘80 decidí que iba a hacer ópera y llevé a escena La Esclava, obra cubana del compositor José Mauri, muy bien pensada y con excelente música; sin embargo, su autor nunca recibió beneficios: murió sin verla  en escena.

Más tarde hice La Traviata, de Giuseppe Verdi; y Don Pasquale, de Gaetano Donizetti. Luego me voy a Holguín, donde llevamos a escena María la O y El Cafetal, ambas de de Ernesto Lecuona.

Ya para la década del noventa, radicado aquí en La Habana, hice tres obras musicales modernas con cantantes y actores de experiencia, con pocos recursos por supuesto, porque en ese momento estábamos en pleno Período Especial. Escogía obras que tuvieran un alto valor artístico, que es lo que el público aprecia.

Tras conocer la trayectoria artística de esta figura de nuestras tablas, no podemos dudar que es una opinión autorizada en materia de teatro. Ante la pregunta de ¿qué piensa del teatro musical cubano?, declara:

Es nulo, no existe nada en estos momentos que podamos llamar Teatro Musical. Lo único que queda es la ópera y muchas de las que se representan en nuestros centros es mejor ni verlas. Además, las puestas siempre son las mismas desde hace años, no hay variedad

Maestro de generaciones,  Armando Suárez del Villar ha sido profesor de actores de Cienfuegos, la Escuela Nacional de Arte y el Instituto Superior de Arte.

Voy a seguir impartiendo clases, lo que no puedo conjugar la docencia y la dirección de teatro a la vez, porque el estudiante de hoy tiene miras distintas a los de hace 20 años.

Ahora los muchachos están para lucirse en la televisión, en el cine y trabajar casi ‘de favor’ en el teatro. Estoy tratando de ver si hay gente en el ISA interesada en el teatro de verdad, porque si piensan que es un escalón para hacer cine, por ejemplo, están equivocados.

Realizo un plan de estudios sobre el teatro musical para el ISA y la ENA. Será un perfil que, de aprobarse, se pondría en práctica a partir de septiembre. Es muy importante, porque tenemos una tradición en la esfera del teatro musical que casi ningún país del continente posee. He realizado investigaciones y ya desde el año 1850 teníamos este tipo de teatro en Cuba, manifestado en el Molino Rojo. Sólo en Brasil existió algo muy parecido: las academias de baile.

El plan de estudios está entorpecido por problemas burocráticos y es un absurdo, porque no tiene sentido evitar que se aplique. Queremos actores y actrices completos, bien capacitados; que sean capaces de cantar, bailar y actuar bien, sin mediocridad.

Recientemente le fue otorgado el Premio Nacional de Teatro, tras un récord de nominaciones. Sonriente confiesa que  a todo el mundo le gustan los premios; pero a veces no es bueno porque otras personas pueden odiarte. Yo prefiero llevarme bien con la gente

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