El nombre de la Rosa, es el título de una novela escrita por Umberto Eco en los años ’80 del pasado siglo, y que debido a su impacto fue llevada al cine unos años más tarde.

Ambientado en la época medieval, el filme narra los sucesos ocurridos en una abadía italiana a raíz de una serie de muertes misteriosas, investigadas por un avezado religioso,Fray Guillermo de Baskerville, en compañía de su asistente, Adso de Melk.

Sin embargo el tema que nos ocupa en este comentario, no es el desenlace ni los conflictos de los personajes, sino como Eco en calidad de escritor, y Jean Jacques-Annaud como director cinematográfico, llevan a distintos soportes los conflictos de la época,  y los analizaremos principalmente en materia de Comunicación.

Se ha planteado que el medioevo atrasó en varios siglos el desarrollo de la historia humana. Fue una época oscura, de fiel devoción y temor a las “fuerzas superiores que dominan los cielos”: se creía que la tierra era plana y era quemado todo aquel que no se mostrara cabizbajo ante los desmanes de la Iglesia, o contradijera lo planteado en las Sagradas Escrituras.

Es durante inicios de la segunda mitad del siglo XIV  que se desarrolla la trama de la cinta. En esa época acababa de acontecer la Peste Negra, que llevó a una catástrofe demográfica, y los sobrevivientes, aún albergaban el temor de otra oleada de cólera divina.

La Iglesia en esta época es un órgano de poder ilimitado: Dios en el cielo, y la Iglesia (el Papa) entre los mortales.

El Papado logró dominar más allá de Italia: ejerció un control directo sobre las tierras del centro y norte del país —distribuido en esa época en principados— y además lo tuvo sobre Europa, mediante el sistema de tribunales eclesiásticos y la diplomacia. Las órdenes monásticas crecieron y prosperaron participando de lleno en la vida civil.

Dentro del ámbito cultural, hubo un resurgimiento intelectual al prosperar nuevas instituciones educativas como las escuelas catedralicias y monásticas. Además, la Iglesia era la que tenía el conocimiento heredado de las culturas antiguas (grecolatina). En el proceso de formación, a los monjes se les enseñaba a leer y escribir. Los monasterios debían tener los libros básicos elaborados en el scriptorium —lugar destinado a la escritura— de otro monasterio.

De una copia a otra copia había diferencias, puesto que la manera de producción de los libros era mediante el manuscrito, y de escribano a escribano, cambiaba un poco la conformación de los textos —superado más tarde con la aparición de la imprenta—.

Los volúmenes se guardaban dentro de los monasterios; pero sin clasificaciones, solo con notas acerca de su procedencia: “donado por”, o “del monje”.
Aunque a partir del siglo XIII, con el auge comercial, aparecen las Universidades, que constituyeron escuelas para los hijos de los burgueses, controladas por la Iglesia.

A pesar de esto, continúa siendo el conocimiento un privilegio netamente para los implicados directamente con la labor religiosa.

Más allá de templos de adoración a Dios, las Iglesias, abadías, monasterios y construcciones de este tipo, se convirtieron en fortalezas que almacenaban el conocimiento.

Es una época en la que el clero tiene poder para perdonar los pecados a cambio de dinero y riquezas; recoge el diezmo de los devotos y reparte limosna a los pobres…Simula ser un órgano santo, sin defectos…Pero detrás de la “bondad” está una férrea resistencia al cambio, y se encarga de cegar y narcotizar las masas.

Plantean los estudiosos que los monarcas apoyaban a las Universidades y los burgueses; pero la Iglesia los veía con recelo, pues en ellos estaba el potencial para cambiar la concepción del mundo.

El fervor religioso invade cada centímetro de Europa en el Medioevo: el temor provocado por el que podemos considerar Cuerpo Represivo de la organización cristiana, la Inquisición, sume a los hombres en un estadío donde sus mentes se han quedado detenidas, donde hasta pensar es un pecado. Como prueba de ello, en el filme el mismo Fray Guillermo de Baskerville ha sido reprimido en el pasado por no ver la maldad en un hombre que se atrevió a traducir textos considerados “demoníacos” al griego. La Inquisición censura y administra el saber, decide que puede ser publicado y que no; quema libros que llama “malditos” solo por poner en evidencia el poder de Dios y cuestionar los cánones establecidos.

Durante el período, no existieron los libros impresos como los conocemos en el presente. La Imprenta comenzó a ser utilizada a finales de la época e inicios de la Edad Moderna.  Nos dicen los autores venezolanos Simón V. Pérez Medina, y Guillermo Amado Pérez[1] que en la Edad Media se  encontraron mayormente  variantes de libros conocidos como manuscritos y algunos casos ejemplares de escrituras sobre tablillas, muy al estilo sumerio, que constituyeron una innegable influencia del mundo antiguo, en el que tal práctica fue bastante conocida. Agregan:

“Otro soporte escriturario muy  representativo del período  fue el pergamino, el cual poseía un costo bastante elevado, siendo durante la Alta Edad Media su producción efectuada por los religiosos que habitaban los monasterios, ya que era en éstos lugares donde se llevaba a cabo la copia y transcripción de obras, pudiendo asignársele a estos centros religiosos, como bien lo han expresado gran cantidad de investigadores, una función extraordinaria de conservación de obras de gran valor intelectual y de ser los más firmes depositarios de la cultura occidental durante este tiempo”.

Finalmente, en El Nombre de la Rosa se muestra cómo la censura y prohibiciones iban incluso hasta lo más alto, dentro de las Iglesias. Los monjes que aparecían muertos eran producto de un desesperado intento por parte de uno de los clérigos de evitar a toda costa el acceso al conocimiento de un libro aristotélico que, irónicamente, trataba acerca de la risa. Estaba encerrado en una alta torre, bien cuidada y con restricciones de jerarquía, y el volumen fue envenenado con el objetivo de que todo el que lo leyera muriera por el efecto de sus páginas impregnadas de la mortífera sustancia.

A modo de conclusión, podemos afirmar que el Medioevo fue un período de atraso cultural. La férrea dominación de la Iglesia sobre todo el conocimiento de la época, así como los tabúes impuestos sobre lo que era maldad y seguir el camino de Dios. Desde el punto de vista comunicativo, debemos agradecer a la Imprenta, aparecida más tarde, la revolución en el conocimiento, aunque debemos reconocer que por el inmutable control de los órganos religiosos, se concentraron y reprodujeron en excelentes condiciones artísticas y físicas grandes obras literarias. A pesar de ello, muchas otras resultaron quemadas y desaparecieron debido a esa cicatriz de irracionalidad que marca la historia del conocimiento.


[1] Presente y Pasado. Revista de Historia.  ISSN:  1316-1369. Año 7. Volumen 7. Nº 13/14. Enero-Diciembre, 2002.  Algunos aspectos sobre los libros y las bibliotecas en la Edad Media, Simón V. Pérez M y Guillermo A. Pérez M. pp, 16-37.

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