Su apellido era Gardés y había nacido al Sur de Francia, en Toulusse, aunque una teoría uruguayista también lo reclama como suyo. Siendo un adolescente cambió el último sonido de su apellido para hacerlo más sonoro y sí que llamó la atención. De El Francesito pasó a ser el argentino más famoso del mundo y personalizó con su voz un género musical: el tango. 

Carlos Gardel, el Cantor, es el hombre latinoamericano del que más se ha escrito.

En su época fue el modelo de hombre de todas las mujeres. Era un galán de vestir elegante y su cabello siempre estaba impecable. La excelencia de las interpretaciones del Zorzal lo inmortalizaron para el mundo, pues fundó con sus tangos la cultura de una nación. Su extrema sencillez y su popularidad lo pusieron en el alma de su Buenos Aires Querido.

Era solo un hombre, un ser común. Hablaba lunfardo, trataba a los demás de “ché” y adoraba a su madre, su viejecita como la llamaba. Pero cantaba como un ángel. Los que escuchaban su música en las vitrolas y acompasaban sus pasos con la voz de ese hombre, soñaban con el ambiente porteño, con las barras desbordadas de copas, con las farolas de las Barracas del Sur y con los muchachos compañeros de la vida.

A 76  años de su partida, parece mentira que haya muerto. El accidente aéreo que se lo llevó, lo dejó sembrado para siempre en todos los corazones. Como en un dulce  tango, pudiéramos dedicarle sus últimas palabras, pronunciadas por radio el 23 de junio de 1935: “No puedo deciros adiós, sino hasta siempre”

Anuncios